GUILLERMO LUIS COVERNTON

Propuestas de estudio del Dr. Guillermo Luis Covernton: Economía – Políticas Públicas – Libertad – Humanismo Cristiano

Conflicto de visiones: Los orígenes ideológicos de las luchas políticas

Puede resultar de mucha ayuda, para comprender el problema de las visiones diversas, la lectura de este trabajo de Thomas Sowell

Introducción

“Es frecuente que las mismas personas tengan puntos de vista contrapuestos en relación con un gran número de problemas aunque éstos no tengan relación entre sí. Difieren en cuanto al papel del gobierno, la actitud ante la delincuencia, la guerra, el divorcio, la pena de muerte, el aborto, el papel de los jóvenes e innumerables otros asuntos. Ahora bien, si observamos con más cuidado nos damos cuenta de que esta oposición no es casual, de que estas personas razonan a partir de premisas diferentes, frecuentemente implícitas, y que son esas premisas las que brindan esa coherencia a su oposición. Ambos tienen perspectivas diferentes, distintas visiones de cómo funciona el mundo.

Inevitablemente, el reflejo o la aprehensión de la realidad sólo puede efectuarse mediante grandes síntesis que, inevitablemente, dejan fuera muchos elementos de esa realidad. Sería magnífico si no tuviéramos que recurrir a esas síntesis y pudiéramos aprehender la realidad directamente pero, por supuesto, eso es imposible. La realidad es demasiado compleja como para que la mentalidad de nadie sea capaz de aprehenderla. Esas síntesis son los únicos instrumentos de que disponemos para captarla. Aunque son instrumentos maravillosos nunca debemos confundirlos con la realidad misma y siempre debemos tener en cuenta que es posible que hayamos pasado por alto algunos elementos significativos.

Las visiones son la base, el fundamento, sobre el que se elaboran las teorías. La estructura final de éstas no sólo depende de ese fundamento sino del cuidado y la coherencia con hayan sido elaboradas y de en que medida concuerden con los hechos. Las visiones son subjetivas, pero las buenas teorías tienen implicaciones claras, y los hechos pueden comprobar y medir su validez objetiva.

Las visiones sociales son importantes. Las políticas basadas en ellas tienen consecuencias que recorren las sociedades y reverberan a través de los años e, inclusive, de las generaciones. Las visiones preparan las agendas del pensamiento y de la acción, y llenan las brechas en el conocimiento individual. Un hombre puede actuar de una forma en un área que conoce bien y de forma totalmente distinta en otra, donde se apoya en una visión que nunca ha comprobado empíricamente. Un médico puede ser conservador en asuntos médicos y revolucionario en problemas sociales.

Desde el punto de vista de las motivaciones personales, las ideas pueden ser simplemente fichas con las que los demagogos y los oportunistas juegan a la política. Sin embargo, desde una perspectiva histórica más amplia, esos individuos también pudieran ser vistos como simples portadores de ideas, como vehículos que transportan las ideas de una manera tan inconsciente como las abejas transportan el polen. Juegan, de esa forma, un papel importante en el metabolismo social aunque ellos mismos no estén conscientes del mismo y sólo se encuentren persiguiendo objetivos estrictamente individuales.

El papel de los intelectuales en la historia ha sido el de contribuir a la formación de esas vastas y poderosas corrientes de opinión que impulsan la actividad humana. El efecto de las visiones no depende de su formulación coherente y, ni siquiera, de que sus portadores estén conscientes de las mismas. Muchos hombres “prácticos” desdeñan las teorías porque no se han detenido a analizar el fundamento ideológico de su propia actividad. Como decía Keynes, muchos de esos hombres “prácticos” simplemente son esclavos de las ideas de algún economista muerto desde hace dos o tres siglos.

DOS PERSPECTIVAS; LA CONSERVADORA Y LA REVOLUCIONARIA

Divergencias en cuanto a la naturaleza del hombre.

La naturaleza del hombre: la perspectiva conservadora o restringida.

En 1759, en su Teoría de los Sentimientos Morales”, Adam Smith señalaba que “… si (el hombre) fuera a perder su dedo meñique no podría dormir por la noche pero, siempre que nunca los haya visto, roncaría con la más profunda seguridad sobre la ruina de cien millones de sus hermanos”.

En la perspectiva de Adam Smith, las limitaciones morales del hombre en general, y su egocentrismo en particular, no son lamentadas ni consideradas como cosas a cambiar. Son tratados como hechos, como características propias de la vida. Estas limitaciones constituyen las restricciones fundamentales de su perspectiva. Por consiguiente, el problema moral y social fundamental es conseguir los mejores resultados posibles a partir de esas limitaciones mas bien que disipar energías en tratar de cambiar la naturaleza humana, un intento que Smith consideraba tan vano como sin sentido.

En vez de considerar la naturaleza humana como algo que pudiera o debiera ser cambiado, Smith trataba de determinar cuál sería la manera más efectiva de alcanzar los mayores beneficios morales y sociales posibles, dentro de las limitaciones de la naturaleza humana. Su punto de vista era muy similar al de Alexander Hamilton, el principal autor de El Federalista, que afirmaba:

“Es el destino de todas las instituciones humanas, aún de las más perfectas, el tener defectos así como virtudes, propiedades buenas así como malas. Esto proviene de la imperfección de su Institutor, el Hombre”.

Sin embargo, es evidente que una sociedad no puede funcionar si cada persona fuera a actuar como si su dedo meñique fuera más importante que las vidas de cientos de millones de seres humanos. Pero aquí la palabra clave es actuar. En general, los hombres no actuamos de forma tan groseramente egoísta, aunque frecuentemente esa sea la inclinación espontánea de nuestros sentimientos. Esto se debe a factores como la fidelidad a ciertos principios morales, a los conceptos de honor y de nobleza más bien a que amemos al prójimo como a nosotros mismos. A través de estos artificios culturales se puede persuadir a los hombres a que hagan por su propia imagen lo que no estarían dispuestos a hacer por su prójimo. Estos conceptos eran vistos por Smith como la forma más eficiente de hacer el trabajo moral al menor costo psíquico. Su respuesta era esencialmente económica: un serie de compromisos, de transacciones y de incentivos más bien que de una hipotética solución mediante la transformación de la naturaleza humana.

Según Smith los individuos no buscaban conscientemente beneficios económicos para la sociedad sino que, bajo la presión de la competencia y los incentivos de la ganancia individual, estos beneficios surgían espontáneamente de las interacciones del mercado. Los beneficios sociales eran sistémicos (derivados del funcionamiento de un sistema y no de un propósito consciente). Es importante recordar que el mercado no es la única interacción que, pese a ser espontánea, crea productos altamente complejos y organizados. El idioma, por ejemplo, es otra. Este es un punto muy importante porque tenemos la tendencia a pensar que cualquier resultado deseable tiene que ser el producto de acciones conscientes y deliberadas, pero no es así. En la vida social hay un gran espacio, útil y constructivo, para las interacciones espontáneas y sus beneficios sistémicos.

La naturaleza del hombre: la perspectiva no restringida o revolucionaria.

Quizás ningún libro del siglo XVIII contraste tanto con la visión del hombre de Adam Smith como la “Investigación Concerniente a la Justicia Política” de William Goodwin, publicada en 1793. Mientras que para Adam Smith la única forma de llevar al hombre a actuar para el bien de los demás es ofreciéndole incentivos para que lo haga, para Goodwin, el hombre es perfectamente capaz de considerar las necesidades de los demás como más importantes que las suyas propias y, por lo tanto, es capaz de actuar de forma consistentemente imparcial, aun a costa de sus propios intereses. La intención de beneficiar a los demás es “la esencia de la virtud” y el único camino a la felicidad.

Por supuesto, esta afirmación no es una generalización empírica sobre el coportamiento de la mayoría de las personas sino una tesis sobre la naturaleza subyacente del ser humano. A diferencia de Smith, que consideraba natural el egoísmo, Goodwin lo consideraba como un vicio promovido por el mismo sistema de recompensas que se empleaba para dirigirlo hacia fines sociales. Según Goodwin, “la esperanza de recompensa” y “el temor del castigo” eran “erróneas en si mismas” y “contrarias al mejoramiento de la mente”(1). Era la misma tesis de Condorcet que rechazaba la idea de tratar de “utilizar para el bien los prejuicios y los vicios en vez de tratar de superarlos y reprimirlos”. Esos “errores”, según Condorcet confundían al “hombre natural” y sus potencialidades con el hombre actual, “corrompido por los prejuicios, las pasiones artificiales y las costumbres sociales”.

¿QUE HACER ANTE LOS PROBLEMAS SOCIALES?

Compromisos versus soluciones

La prudencia, el cuidadoso sopesar de los compromisos es vista de forma muy diferente en la visión restringida o conservadora y la no restringida o revolucionaria. Dentro de la perspectiva conservadora de la naturaleza humana, donde lo único a lo que podemos aspirar es a negociaciones y compromisos, la prudencia es una de las más altas virtudes. Edmund Burke la llamaba “la primera de todas las virtudes” y afirmaba que “nada es bueno sino en proporción con otros factores y con referencia a otros asuntos”, es decir, como transacción y compromiso.

Por el contrario, Goodwin, seguramente pensando en Adam Smith, despreciaba a “esos moralistas que sólo piensan en estimular los hombres a las buenas acciones mediante consideraciones de frígida prudencia y mercenarios egoísmos” en vez de tratar de estimular “el magnánimo y generoso sentimiento de nuestra naturaleza”.

En la visión no restringida o revolucionaria se encuentra implícita la noción de que lo potencial es radicalmente diferente de lo real, de que existen medios para mejorar la naturaleza humana y acercarla a ese potencial para que el hombre haga las cosas justas por las razones correctas más bien que por recompensas económicas o psicológicas. Condorcet decía que, con el tiempo, el hombre podría “cumplir por inclinación natural los mismos deberes que hoy le cuestan esfuerzo y sacrificio” (2). “La perfectibilidad del hombre” -decía- “es verdaderamente indefinida”.

Aunque la palabra “perfectibilidad” ha caído en desuso, el concepto ha sobrevivido intacto hasta nuestro tiempo. El concepto de que “el ser humano es un material sumamente plástico” sigue jugando un papel clave entre los pensadores contemporáneos que comparten la visión revolucionaria. Dentro de esta perspectiva, el concepto de “solución” juega un papel crucial. Se logra una solución cuando ya no es necesario hacer compromisos o negociaciones porque se ha conseguido transformar la naturaleza humana. Es precisamente ese objetivo de encontrar una “solución” final el que justifica sacrificios iniciales que, de otra forma, serían considerados inaceptables.

Divergencias en cuanto a los efectos de las acciones y la moralidad social

Goodwin clasificaba las acciones humanas en intencionales y no intencionales, y cada una de estas, a su vez, en benéficas y perjudiciales. La acción intencional benéfica era la virtud. La acción intencional perjudicial era el vicio. La acción no intencional perjudicial era la negligencia. Pero, para Goodwin, la acción no intencional benéfica no existía. Es una categoría ausente de su pensamiento.

Sin embargo, esa misma categoría es central en el pensamiento de Adam Smith. Y es bueno recordar que Adam Smith no era ningún adulador de los capitalistas y que, antes de Marx, ningún economista los fustigó tan ácidamente. Smith caracterizaba las intenciones de los capitalistas de “mezquina rapacidad” y comentaba que eran gente “que rara vez se reúne, ni siquiera para divertirse, y cuya conversación siempre termina en una conspiración contra el público, o en algún esquema para subir los precios”. Las intenciones, tan decisivas para Goodwin, carecían de mayor importancia para Smith. Lo importante, para él, eran las características sistémicas de una economía de competencia, que producían beneficios sociales independientemente de las mezquinas intenciones individuales. Y, por supuesto, habría de ser Rosseau el campeón de la visión revolucionaria, el principal expositor de la tesis de que la naturaleza humana no tiene ninguna limitación inherente y que los vicios sólo son el producto de las instituciones sociales.

Diferencias en cuanto a la posibilidad de poder conocer adecuadamente los fenómenos sociales

Las concepciones epistemológicas (relativas al conocimiento) son muy diferentes en la visión conservadora y en la revolucionaria. En la concepción conservadora el conocimiento individual es esencialmente insuficiente para tomar decisiones sociales. Si la deficiencia del conocimiento individual suele gravitar pesadamente sobre los problemas individuales, mucho más lo será en relación con los complejos fenómenos de la sociedad. En esta visión, el progreso sólo es posible gracias a una infinidad de acuerdos sociales que trasmiten y coordinan el conocimiento de muchísimos individuos. Y no sólo el suyo sino también el de las generaciones pasadas. En la visión conservadora el conocimiento es sobre todo experiencia. Experiencia trasmitida, en gran medida, de manera implícita, no expresa, y del que son ejemplos desde las tradiciones hasta los precios.

“No todo conocimiento es parte de nuestro intelecto. Nuestros hábitos y capacidades, nuestras actitudes emocionales, nuestros instrumentos y nuestras instituciones, son en este sentido adaptaciones a experiencias pasadas que han ido acumulándose mediante una eliminación selectiva de las conductas menos adecuadas. Son una parte tan indispensable de la praxis exitosa como nuestro conocimiento consciente. Hay más inteligencia incorporada en el sistema de reglas de conducta que en las reflexiones de cualquier individuo sobre el medio que lo rodea.

El conocimiento es la experiencia social de las masas materializado en sentimientos y hábitos más bien que en las razones explícitas de unos cuantos individuos, por muy talentosos que estos puedan ser. Como dice Burke:

“Nos da miedo poner a los hombres a vivir y a comerciar de acuerdo a sus solos recursos privados de raciocinio porque sospechamos que esos recursos son escasos en cada hombre, y que los individuos harían mejor recurriendo a los recursos generales de las naciones y de los siglos”. Esa destilación cultural del conocimiento debe ser considerado como un probado cuerpo de experiencia que ha funcionado, y que sólo debe ser cambiado tras el más riguroso, y hasta renuente, de los exámenes.

Sin embargo, la visión revolucionaria tiene una apreciación totalmente opuesta. Según ella, es perfectamente posible comprender y, por consiguiente, dominar los complejos fenómenos sociales. “La verdad y, sobre todo, la verdad política no es difícil de adquirir”, decía Goodwin. Lo único que hace falta es “una discusión independiente e imparcial” entre gente “sincera y sin ambiciones”. La naturaleza del bien y del mal, para Goodwin, era “uno de los temas más sencillos” de comprender. Posteriormente esa misma posición ha reaparecido una y otra vez. Según Bernard Shaw, los males de la sociedad “no son ni incurables ni siquiera difíciles de curar cuando se han diagnosticado científicamente”. Según Shaw, la sociedad existente “es sólo un sistema artificial susceptible de casi infinitos reajustes y modificaciones. Más aun, prácticamente puede ser demolido y substituido de acuerdo a la voluntad del Hombre”. Es decir, que las dificultades para comprender y controlar los fenómenos sociales no constituyen una dificultad fundamental. La dificultad fundamental se encuentra en la deliberada obstrucción de su solución.

Nota: Muy vinculada a esta concepción esta la idea de que la eliminación de la pobreza es una tarea relativamente fácil. Dados los vastos recursos de la ciencia y la técnica modernas, bastaría con aplicarlos para eliminar la miseria. La fuente fundamental de la pobreza está en la falta de disposición para afrontarla. De la misma forma en que se minimizan las dificultades para superar las debilidades de los individuos, se minimizan las dificultades para superar las debilidades de las naciones. Y de la misma forma en que se exagera la potencialidad de los individuos, confundiéndola con la realidad, también se confunde la potencialidad de los países con su realidad.

En la visión revolucionaria, la razón ocupa el lugar de la experiencia. Según Goodwin, el papel de la experiencia es muy exagerado en comparación con “el poder general de una mente cultivada”. Por consiguiente, consideraba que, en gran medida, la sabiduría de los siglos era simplemente la ilusión de los ignorantes. Según Goodwin:

“Nada debe ser mantenido porque es antiguo, porque nos hemos acostumbrado a considerarlo como sagrado, o porque resulta insólito cuestionarlo”. Igualmente, según Condorcet, “todo lo que tenga el sello del tiempo debe inspirar desconfianza más que respeto”. Es “sólo por meditación”, decía “que podemos llegar a cualquier verdad general en la ciencia del hombre”.

Debido a la capacidad de “la mente cultivada” de aplicar la razón directamente a los hechos, no había necesidad de ceder ante el inarticulado proceso sistémico que se expresa en la sabiduría colectiva del pasado. Implícita en la visión revolucionaria hay una profunda diferencia entre las conclusiones a que pueden llegar las “personas de mente cultivada” y las de “mente estrecha”. De aquí se deduce que el progreso significa elevar los primeros al nivel de los segundos.

“El verdadero mejoramiento intelectual demanda que la mente sea elevada, tan rápidamente como sea posible, a las alturas del conocimiento ya existente entre los miembros ilustrados de la comunidad, y empezar de ahí en la búsqueda de ulteriores adquisiciones”.

El rechazo del concepto de sabiduría colectiva deja las comparaciones entre las concepciones individuales como único criterio de evaluación.

En la visión conservadora, por el contrario, se parte de “la necesaria e irremediable ignorancia de todo el mundo”, como dice Hayek. La toma de decisiones racionalista de la visión revolucionaria “exige el completo conocimiento de todos los hechos relevantes”, lo que es completamente imposible puesto que el funcionamiento de la sociedad depende de la coordinación de “millones de hechos que, en su conjunto, no puede conocer nadie”. En la perspectiva conservadora, el conocimiento abarca toda la multiplicidad de la experiencia, demasiado compleja para una articulación explícita. Es una “sabiduría sin reflexión, inculcada tan profundamente que se convierte prácticamente en reflejos inconscientes”. Pero la sabiduría sistémica, expresada de manera inarticulada en la cultura popular, tiene más probabilidades de estar en lo cierto que las grandes visiones de unos pocos intelectuales. En la concepción conservadora, la sociedad suele compararse con un organismo vivo que no puede ser reconstruido sin consecuencias fatales.

No se trata de negar la relativa superioridad de los expertos dentro de un estrecho sector del conocimiento humano. Lo que se niega es que esta superioridad, relativa y limitada, vaya a conferir una superioridad general sobre otros tipos de conocimiento más ampliamente difundidos. En esta perspectiva restringida, conservadora, donde se concibe el conocimiento como fragmentario y difundido, la coordinación sistémica de los muchos es considerada superior a la sabiduría especial de los pocos.

Hayek señalaba que “prácticamente todo individuo tiene alguna ventaja sobre los demás porque posee alguna información única que se puede aprovechar, pero sólo si se le dejan las decisiones que dependen de la misma o si se toman con su activa cooperación”.

Y, nuevamente Adam Smith: “El estadista que intentara dirigir a la gente en cuanto a la forma en que debieran emplear sus capitales, no sólo echarían sobre si mismo un trabajo totalmente innecesario sino que asumiría una autoridad que no puede darse con seguridad no sólo a ninguna persona sino a ningún concilio o senado, y que podría ser más peligrosa en las manos de un hombre lo suficientemente loco y presuntuoso como para imaginarse capaz de ejercerla”.

Dos visiones: racionalidad articulada versus racionalidad sistémica

Es importante comprender las divergencias de las dos visiones en cuanto a su apreciación de la racionalidad. En efecto, aunque todos los fenómenos tienen una causa, los seres humanos pueden ser incapaces de especificarla. Con todo, en la visión conservadora lo que constituye el factor decisivo es la fuerza de los procesos no articulados para movilizar y coordinar el conocimiento.

Para Goodwin el conocimiento mismo es sinónimo de la racionalidad articulada. Cualquier actividad sin “una razón explícita” es actuar “con prejuicio”. En la visión revolucionaria, estos dos significados prácticamente se funden, y decir que un fenómeno tiene causa es prácticamente igual a decir que esa causa puede especificarse. De aquí que las decisiones se tomen sobre la base de las razones que pueden argumentarse, y que esas razones se consideran prácticamente las únicas a tomarse en cuenta.

En la visión conservadora, por el contrario, siempre hay que dejar mucho espacio para las razones que no pueden especificarse y que sólo podemos conocer a través de procesos sociales. Hamilton decía que es extremadamente fácil, para cada bando, decir un gran número de cosas plausibles”. Pero, como señalaba Hayek, es suficiente que la gente “sepa cómo actuar en consonancia con las reglas, sin saber lo que las reglas son explícitamente”. De aquí el papel tan diferente que las dos visiones conceden a los intelectuales.

Según Goodwin, “la razón es el instrumento adecuado, y suficiente, para regular las acciones de la humanidad”. Lo que hace falta es inculcar “los puntos de vista justos sobre la sociedad” en “los miembros reflexivos y liberalmente educados” que, a su vez, según Goodwin, serán los “guías e instructores del pueblo”. Esta idea ha sido un tema constante en la visión conservadora. Es la visión de los intelectuales como consejeros desinteresados. Como decía Voltaire, “los filósofos, al no tener interés particular que defender, sólo pueden hablar a favor de la razón y del interés público. Condorcet hablaba de “los filósofos verdaderamente ilustrados ajenos a la ambición”. Y D’Alambert, “la mayor felicidad de una nación se realiza cuando los que gobiernan están de acuerdo con los que la instruyen”. Una derivación moderna de esta convicción es el papel asignado a los “expertos” dentro de las burocracias gubernamentales para tratar de “resolver” todo tipo de problemas sociales.

Muy por el contrario, la visión conservadora, siempre ha considerado con profundo escepticismo el papel de los intelectuales en la dirección de la sociedad. Como decía Burke: “tratan de restringir a ellos mismos o sus seguidores la reputación de buen sentido, cultura y buen gusto” y son capaces de “llevar la intolerancia de la lengua y la pluma hasta la persecución” de los demás. Adam Smith se refiere al “hombre de sistema”, que cree ser un “sabio en su vanidad” y que “parece imaginar que puede organizar los diferentes miembros de una gran sociedad con la misma facilidad con que la mano arregla las diferente piezas en un tablero de ajedrez”.

Dos visiones; sinceridad versus fidelidad

Debido a las diferencias en cuanto a la posibilidad cognoscitiva de cada individuo y la efectividad que pueda tener ese conocimiento para decidir complejos problemas sociales, las dos visiones le dan una importancia muy distinta a la sinceridad. En la visión revolucionaria, donde se confía en que la actividad del individuo “consciente” puede conseguir directamente resultados importantes, la sinceridad y la dedicación son esenciales. Según esta visión, los principales obstáculos para conseguir los resultados deseados consisten, en primer lugar, en la ignorancia, en que la gente no sabe cómo conseguirlos (y de aquí la necesidad de las minorías “conscientes”) y, en segundo lugar, en que los que saben no quieren conseguirlos debido a conflicto de intereses.

Los intelectuales que plantean la dificultad de resolver los problemas sociales desesperan a los partidarios de la visión revolucionaria. No pueden creer que sean sinceros. De ahí su tendencia a considerar a sus adversarios como esencialmente deshonestos. Son sobornados por sus adversarios, corrompidos, hipócritas y hasta malévolos. Es aquí donde el error se hace sinónimo de pecado, y donde algunos partidos cobran su parecido con las iglesias.

En la visión conservadora, por el contrario, el enfoque es completamente distinto. Sus partidarios consideran que nadie pueda saber, realmente, cómo resolver los problemas sociales. De aquí que consideren natural que se cometan errores, y que tiendan a no dudar de la sinceridad de sus adversarios. Es por esto que consideran la sinceridad como una virtud menor que, en ocasiones, puede ser hasta negativa, como cuando la gente se obstina en ideales socialmente contraproducentes. Como decía Burke: “pueden hacer las peores cosas sin ser los peores de los hombres”.

En la visión conservadora, lo importante es la fidelidad al papel que nos toca jugar en la sociedad. En efecto, para los conservadores es posible alcanzar progreso social mediante el simple y fiel desempeño de esos modestos papeles individuales, gracias a sus efectos sistémicos. De aquí, que el deber del negociante sea la fidelidad a sus accionistas, a los que les han confiado sus ahorros, y no a la sincera prosecución de algún ideal mediante donaciones caritativas o inversiones técnicamente dudosas, que puedan poner en peligro esos ahorros. El deber del juez es aplicar la ley y no cambiarla para conseguir los mejores resultados de los que está sinceramente convencido. El profesor debe promover el proceso de investigación y de reflexión en sus estudiantes, y no llevarlos a las conclusiones que sinceramente considera como las mejores para la sociedad. De la misma manera, los periodistas tendenciosos no cumplen con el deber de su función social que es, simplemente, dar la mejor información posible y dejar que los lectores saquen sus propias conclusiones.

Sin embargo, en la visión revolucionaria, donde la razón y la sinceridad juegan un papel fundamental, los papeles sociales son considerados como excesivamente restringidos y rígidos. Por consiguiente, se tiende a restarle importancia a las formalidades. Cuando se sabe concretamente cómo conseguir los resultados sociales que se desean, las formalidades parecen innecesarias. A los funcionarios, los oficiales del ejército, los padres o los maestros supuestamente no les hace falta la autoridad de su función porque les basta con la fuerza de la razón.

Los partidarios de la visión conservadora piensan de modo muy distinto. Ellos consideran que inevitablemente se presentarán situaciones en las que haga falta que los soldados, los alumnos o los niños, obedezcan aunque no comprendan. De ahí la importancia que cobran entonces los títulos, las ceremonias y todos los recursos para promover la obediencia a reglas cuyos beneficios pueden no ser inmediatamente aprehensibles pero en cuyos benéficos resultados se confía a largo plazo.

Las dos visiones: el papel de la juventud y el de la vejez

En la visión revolucionaria, donde el conocimiento y la razón son concebidos como racionalidad articulada, los jóvenes tienen todas las ventajas. Si todos los problemas y los vicios se derivan de las instituciones y creencias existentes, los menos habituados a las mismas estarán menos corrompidos y, por consiguiente, en mejor disposición para acometer los cambios revolucionarios que la sociedad necesita. “Los niños son la materia prima puesta en nuestras manos”, decía Goodwin. Sus mentes son “como una hoja de papel blanco”. Y, por el contrario, “el prejuicio y la avaricia” son características “comunes en la vejez”.

En la visión conservadora, por el contrario, la experiencia humana es simplemente la menos falible de las guías. “Los más sabios y experimentados son generalmente los menos crédulos”, dijo Adam Smith. “Es sólo la sabiduría adquirida y la experiencia lo que enseña incredulidad, y muy pocas veces lo enseña lo suficiente”. De aquí que valoren mucho la experiencia de los viejos. La visión conservadora, que busca compromisos más bien que soluciones dramáticas, valora mucho la prudencia producto de la experiencia. El fervor moral no es un sustituto válido. “No es una excusa de la ignorancia presuntuosa el estar dirigida por una pasión insolente”, decía Burke.

Oliver Wendell Holmes reflejaba la visión conservadora cuando decía que “muchos juicios honorables y sensatos” expresan “una intuición de la experiencia que va más allá del análisis y compendia muchas impresiones enredadas y confusas; impresiones que pueden estar por debajo la consciencia sin por eso perder su valor”. La ley incorpora la experiencia “no sólo de nuestras vidas sino de las vidas de todos los hombres que han sido”.

John Stuart Mill decía que las leyes no “crecen” sino que se hacen y que “es absurdo sacrificar fines actuales a medios anticuados”. Sin embargo, también señaló que para hacer la ley había que tomar en consideración “lo que la gente puede soportar” y que esto era función de “viejos hábitos”. La aquiescencia de la humanidad “depende de la preservación de algo así como la continuidad de la existencia en las instituciones” que representa esos innumerables compromisos entre intereses y esperanzas contradictorios, sin los que ningún gobierno pudiera mantenerse durante un año, y aun con dificultad por sólo una semana”.

¿Cuál es la mejor manera de promover el bien colectivo? En la visión revolucionaria, los individuos “conscientes” deben luchar por que se consigan los mejores resultados posibles pero, en la visión conservadora, lo mejor es adherirse al deber de los papeles institucionales, y dejar que sea el proceso sistémico el que determine los resultados. No se trata de la contradicción entre dos grupos sino entre el raciocinio articulado y la experiencia histórica de muchas generaciones. Sin embargo, un filósofo moderno del derecho como Dworkin, reflejando la visión revolucionaria, se refiere esta experiencia histórica como “el fáctico y arbitrario desarrollo de la historia”.

La actitud ante los compromisos adquiridos

La actitud ante los compromisos es muy diferente en la visión conservadora y la revolucionaria. En primer lugar, hay que recordar que, para la visión revolucionaria, es posible conocer las fórmulas del éxito y la felicidad. De aquí que todo compromiso deba ser esencialmente revocable puesto que se ha adoptado cuando el conocimiento era menor y, por lo tanto, no debería mantener su validez en un futuro donde el conocimiento se haya perfeccionado.

En la visión conservadora, por el contrario, donde se considera imposible conocer las fórmulas del éxito y la felicidad, la importancia de los nuevos conocimientos es muy cuestionable. Lo único seguro es el valor intrínseco de las tradiciones que representan la experiencia acumulada de la humanidad y que necesitan estabilidad para poder servir de guía. De aquí su valorización de la lealtad y la fidelidad.

En la visión conservadora, los vínculos emotivos entre las personas son vistos como lazos sociales útiles, indispensables para el funcionamiento de la sociedad. Como dice Burke:

“Estar vinculado a la subdivisión, querer el pequeño pelotón al que pertenecemos en la sociedad, es el primer principios (el germen como si dijéramos) de los afectos públicos. Es el primer eslabón en la serie que prosigue hacia el amor a nuestro país, y a la humanidad”.

En la visión revolucionaria, esos sentimientos espontáneos son considerados manifestaciones instintivas, primitivas, no racionales y, por consiguiente, son considerados más bien como obstáculos del progreso social. Para Goodwin: “el amor por nuestro país es “un principio engañoso” que establecería “una preferencia basada en relaciones accidentales y no en la razón”.

Ninguna de las visiones considera que las unidad sociales más pequeñas sean intrínsecamente más importantes que las mayores. Pero la visión revolucionaria estima que los hombres pueden llegar a conocer lo que hace falta hacer para que la sociedad sea perfecta y, por consiguiente, considera indeseable y perjudicial subordinar los intereses particulares a los generales. La visión conservadora, por su parte, que no cree que ese conocimiento sea posible, considera que hay que aprovechar los vínculos emocionales primarios para utilizarlos como contrapeso del egoísmo personal.

La libertad

En la visión conservadora, la libertad es considerada como la ausencia de opresión, de restricciones externas. En la visión revolucionaria, la libertad es considerada como la capacidad de hacer lo que uno quiera, como “el poder efectivo de hacer cosas específicas”, como decía John Dewey. Según la primera concepción, lo importante es limitar el poder de unos individuos sobre otros. Según la otra, lo importante es aumentar al máximo la posibilidad de conseguir objetivos específicos. Esto implica dar ventajas compensatorias a los que tengan alguna desventaja.

El problema del poder

Puesto que las visiones conservadora y revolucionaria tienen concepciones opuestas sobre el funcionamiento de la sociedad, ambas valoran de manera muy diferente la naturaleza del poder. En la concepción revolucionaria se considera que tras un gran número de fenómenos sociales se esconde una voluntad deliberada. De aquí que le de mucha mayor importancia a la racionalidad articulada y, por consiguiente, al papel del poder en los fenómenos sociales.

Por otra parte, se considera que la libertad es la capacidad de conseguir lo que uno quiera. De aquí que la misma definición de poder sea diferente. En la concepción revolucionaria, poder es la facultad de imponer la voluntad propia sobre la conducta de los demás. Cada vez que alguien consigue influir sobre la actuación de una persona, tiene poder sobre ella.

En la concepción conservadora, donde tras la mayoría de los fenómenos sociales lo que hay son procesos sistémicos, inconscientes y espontáneos, la importancia que se le concede al poder es mucho menor. Por otra parte, en la concepción conservadora la libertad se considera como ausencia de opresión, de restricciones, externas, de aquí que se considere al poder como la facultad de restringir las opciones de alguien. Las definiciones se parecen pero, en realidad, son muy diferentes.

En la visión conservadora, alguien puede conseguir que yo haga lo que él quiere pero si esa persona no me ha impuesto determinadas limitaciones ni ha restringido mis opciones no tiene poder sobre mí. Como la capacidad de influir sobre los demás está mucho más generalizada que la capacidad de restringir sus opciones, en la concepción revolucionaria la cuestión del poder juega un papel mucho más importante que en la conservadora.

El problema de la igualdad

En la visión revolucionaria, tratar de la misma forma a personas diferentes es mantener y reforzar la desigualdad. La igualdad significa igualdad de probabilidades de alcanzar determinados resultados. Pero, dada la enorme desigualdad de los seres humanos, esto implica recurrir a una política generalizada de ventajas compensatorias para ciertos grupos. Condorcet decía que “una verdadera igualdad” requiere que “aun las diferencias naturales entre los hombres sean mitigadas” por políticas sociales.

El origen de la desigualdad es muy importante. En la visión revolucionaria, no sólo se trata de que unos tengan mucho y otros poco, sino que algunos tienen poco porque otros tienen mucho. Los ricos le han quitado lo suyo a los pobres. El empleador le quita al empleado, el que vende al que compra, la metrópolis a la colonia.

Por el contrario, la visión conservadora considera, como decía Burke, que “todos los hombres tienen los mismos derechos pero no las mismas cosas”. La igualdad es la igualdad en la ausencia de restricciones. Pretender eliminar otro tipo de desigualdades sería contraproducente. Significaría en primer lugar, que alguien tendría que estar a cargo de eliminar esas desigualdades, lo que implicaría investir de excesivos poderes al grupo gobernante. Este es el tema central de “El Camino de la Servidumbre” de F.A.Hayek: Los cambios sociales revolucionarios sólo pueden llevarse a cabo mediante una dictadura represiva.

Por otra parte, las desigualdades han existido siempre y no están vinculadas a un determinado sistema social. Precisamente lo que diferencia al capitalismo es que le ha permitido al hombre común disfrutar de un nivel de vida sin precedentes en la historia. La tecnología moderna no influye tanto sobre la vida de los ricos como sobre la de los pobres. Los ricos siempre han disfrutado de todas las comodidades pero sólo el capitalismo ha puesto esas comodidades al alcance de las grandes masas. La justificación moral del mercado se encuentra en la libertad y prosperidad general que produce.

El problema de la guerra

Para la visión revolucionaria la guerra es contraria a la naturaleza humana, como todas las calamidades sociales, se origina en las instituciones y surge de algún fallo intelectual. Por consiguiente tiene que tener alguna causa que puede ser combatida y neutralizada. Por consiguiente, lo que una nación pacífica debe hacer es poner en evidencia su voluntad de paz, mejorar las comunicaciones, hacer llamamiento a los más ilustrados, restringir el armamento o todo lo que pueda ser amenazantes y negociar las diferencias. Según Goodwin, la “inocencia y neutralidad” no presentar peligro militar alguno que pueda “amenazar” o “provocar un ataque”. El fortalecimiento militar, las alianzas, y el equilibrio de poder pueden conducir a la guerra. La institución militar es algo deplorable.

Para la visión conservadora, la guerra no necesita explicación. Está implícita en los múltiples fallos de la naturaleza humana y sólo puede ser negociada mediante compromisos temporales. Smith veía el patriotismo como natural y beneficioso, como un fenómeno moralmente productivo. Lo que una nación pacífica debe hacer es prepararse para la guerra, elevar al máximo el costo potencial para los agresores, promover el patriotismo y al disposición para la guerra, negociar desde posiciones de fuerza, apoyarse más en el valor popular que en los veleidosos grupos de intelectuales.

El problema del crimen

Para la visión conservadora el crimen tiene su explicación en la naturaleza humana. Cada nueva generación es una invasión de nuevos bárbaros que tienen que ser civilizados antes de que sea demasiado tarde. Sólo nos protege el acondicionamiento social, la moralidad general, el sentimiento del honor, el humanismo cultivado por las tradiciones e instituciones sociales. Tenemos que tratar de disuadir del crimen con la amenaza de represalias. Adman Smith señalaba: “La piedad con los culpables es crueldad con los inocentes”. El castigo era, para él, un deber doloroso.

Para la visión revolucionaria, sin embargo, el crimen es contrario a la naturaleza humana. Es difícil comprender la existencia del crimen si no hay una causa especial que lo haya provocado. La sociedad “drena la compasión del espíritu humano y engendra el crimen”. En nuestra época se ha dicho que “gente saludable y racional no perjudicaría a los demás”. Por consiguiente, la gente realizar crímenes por razones especiales, ya sean sociales o psiquiátricas. Y, por consiguiente, la forma de reducir el crimen es reducir esas razones especiales: pobreza, desempleo, discriminación, enfermedades mentales. El crimen refleja el carácter de la sociedad. El criminal sólo es su víctima. Goodwin señalaba que “el castigo puede cambiar la conducta de un hombre”, pero “no puede mejorar sus sentimientos”

El problema de la economía

Para la visión conservadora, el mercado responde a fuerzas sistémicas, a la interacción de innumerables opciones individuales. Un mercado competitivo es un sistema muy eficiente de “transmisión de información” en la forma de precios.

La visión revolucionaria alega que la economía obedece al poder de intereses particulares y que, en el futuro, debería obedecer el poder del interés público. Grupos de poder fijan arbitrariamente los precios en las principales industrias, y la respuesta debe ser que “el colérico público” exija que el gobierno rectifique esta situación. Para Gunnar Myrdal, Premio Nobel de economía, hay que investigar las condiciones “responsables del subdesarrollo”. Para Milton Friedman no hay que explicar el subdesarrollo, lo que hay que explicar son las causas del desarrollo y la prosperidad.

El problema de la justicia

En la visión conservadora la justicia es necesaria para el mantenimiento de la sociedad. Como decía Adam Smith: “Generalmente los hombres sienten tan poca solidaridad por su prójimo que si este principio (la justicia) no estuviera dentro de él y lo abrumara de respeto, actuarían como bestias salvajes… y entrar en un grupo humano sería como entrar en una cueva de leones”

Puesto que la sociedad “no puede subsistir entre los que están constantemente listos para agredir y atacarse entre sí”, la justicia es la primera necesidad de la sociedad.

Como decía Oliver Wendell Holmes:

“La ley no toma en consideración la infinita variedad de temperamento, intelecto y educación que determina que el carácter interno de un acto sea tan diferente en los distintos hombres. No intenta ver a los hombres como los ve Dios… Si, por ejemplo, un hombre nace apresurado y torpe, siempre está teniendo accidentes y lesionándose a sí mismo o a sus vecinos, no cabe duda que sus defectos congénitos serán tomados en cuenta en los tribunales del Cielo pero sus errores no resultan por eso menos enojosos para sus vecinos que si se derivaran de una mala intención. Por consiguiente, sus vecinos le exigen, a su propio riesgo, que se ponga a su mismo nivel, y las cortes que ellos establecen no van a tomar en consideración su ecuación personal”.

Según Holmes, “es correcto que la justicia hacia el individuo pese menos que los intereses más generales que hay que sopesar en el otro lado de la balanza”.

Según Holmes, “La vida de la ley no ha sido lógica: ha sido experiencia… La ley encarna la historia del desarrollo de una nación a lo largo de muchos siglos, y no puede ser tratada como si sólo contuviera los axiomas y corolarios de un libro de matemáticas”.

Y Blackstone:

“Y la ley sin equidad, aunque dura y desagradable, es mucho más deseable para el bien público que la equidad sin ley, que haría de cada juez un legislador e introduciría la más infinita confusión puesto que las cortes establecerían casi tantas reglas de conducta como diferencias hay de capacidad y sentimiento en la mente humana”.

La visión revolucionara, por supuesto, toma una posición totalmente contraria. Como decía Goodwin: “No hay verdadera justicia si se reducen todos los hombres a la misma estatura” según el delito cometido. Más bien, la justicia requiere “contemplar todas las circunstancias de cada caso individual”. En esta concepción, no sólo se trata de la justicia de la sanción sino también de la eficacia de la misma. La visión no restringida aspira a cambiar los motivos y las predisposiciones de la gente, busca soluciones. De aquí el constante llamamiento a mejorar y transformar la legislación.

Holmes, al igual que Goodwin, considera que es moralmente superior individualizar las sanciones, pero considera que hacerlo está más allá de la capacidad de los tribunales. La naturaleza humana no cambia.

El problema de los derechos individuales

La “Investigación Concerniente a la Justicia Política” en 1793 puede haber sido el primer tratado de justicia social. La justicia social es considerada como una obligación obsesiva. “Nuestra deuda con el prójimo incluye todos los esfuerzos que podamos hacer por su bienestar, y toda el auxilio que podamos ofrecer a sus necesidades. En realidad, no tenemos nada que sea estrictamente nuestro”. Ni Goodwin ni Condorcet pensaban que fuera necesario recurrir al gobierno como instrumento de cambios sociales, ni infringir los derechos a la propiedad. Para los partidarios de la visión conservadora, el concepto de justicia social carece de toda importancia.

La diferencia fundamental entre las dos visiones es que, para la visión revolucionaria, no se trata de una cuestión de justicia sino de caridad. Para Hayek, el problema estriba en que tratar de establecer cualquier redistribución de la riqueza afecta tanto a la libertad como al mismo bienestar general. “… el concepto de “justicia social” ha sido el caballo de Troya que ha permitido la entrada del totalitarismo”.

Para Hayek, es obviamente absurdo exigir “justicia social” de un proceso social inconsciente. En realidad, la demanda de “justicia social” significa pedir que los miembros de la sociedad se organicen de tal forma que sea posible asignar determinadas porciones del producto social a diferentes individuos o grupos. Pero esto significa no sólo conferir un exagerado poder a determinado grupo y, por consiguiente, limitar la libertad de los demás sino también crear obstáculos para la generación de riqueza.

Según Hayek la libertad humana depende, en gran medida, de ciertas reglas y especialmente de reglas, de derechos, que “protegen ciertos dominios dentro de los que los individuos son libres de actuar como ellos mismos decidan”. Según Hayek el concepto de “justicia social” socavaba el concepto mismo de “estado de derecho”, como estado gobernado por reglas estables, puesto que siempre estaría tratando de sustituir la justicia “formal” por la justicia “real” o “social”. Y esta “justicia social” no es más que un conjunto de resultados a los que sólo puede llegarse mediante la ampliación de los poderes del gobierno. Según Hayek, la “justicia distributiva” es intrínsecamente “irreconciliable con el estado de derecho”.

En la visión revolucionaria, por el contrario, donde el hombre es supuestamente capaz de pronosticar y controlar las consecuencias sociales de sus decisiones, tanto el individuo como la sociedad son moralmente responsables de que sus opciones produzcan determinados resultados. Los jueces, por consiguiente, no se deben limitar a aplicar reglas de procedimiento, ignorando los resultados particulares, sino que deben tratar de aplicar los principios morales implícitos en la ley. En los conflictos entre derechos, se le debe dar más peso a los que definen al ser humano como sujeto antes de como objeto.

En la visión revolucionaria, la igualdad, en forma más o menos amplia, ha sido considerada como igualdad de resultados. Dada la inmensa cantidad de situaciones diferentes, esto se traduce en tratamientos diferentes y compensatorios.

En la visión conservadora, los principios de la justicia están limitados por sus posibilidades. Los derechos son dominios más allá del alcance de las autoridades, y la conveniencia a largo plazo de esta actitud está implícita en su misma existencia.

En la visión conservadora, el hombre es capaz de hacer evaluaciones a largo plazo pero la forma de hacer esas evaluaciones es puramente experimental y apuntando a la experiencia de la mayoría, es decir observando la forma en que las masas “votan con los pies”. La realidad es demasiado compleja como para soñar en cualquier justicia compensatoria.

En la visión revolucionaria, sin embargo, el hombre es capaz de hacer evaluaciones más inmediatas y lo hace mediante razones precisas y articuladas que no se detienen ante la justicia compensatoria.

CONCLUSIONES

La diferencia fundamental entre la ciencia y las teorías sociales reside en la imposibilidad de hacer experimentos sociales de laboratorio que nos den las pruebas definitivas para cancelar ciertas hipótesis. Por otra parte, la continuidad biológica de la especie humana significa que los experimentos que fracasan no pueden ser iniciados nuevamente a partir de cero. En la vida social, sólo es posible la sensatez, no la ciencia”.

* NOTA de AR: En este texto, Sowell utiliza los conceptos de “restricted” y “unrestricted” para caracterizar las visiones. Es decir, la visión “restringida” y la “no restringida”, según acepten limitaciones a la naturaleza humana

(visión restringida) o no las acepten (visión no restringida). Con todo, he considerado más claro sustituir esos términos en esta síntesis por los de “conservadora” y “revolucionaria”, que son más claras para el público de habla hispana y fieles al espíritu del autor.

SOBRE EL AUTOR

Thomas Sowell (1930- ) es un economista graduado de las unversidades de Harvard, Columbia y la Escuela de Chicago, donde fue alumno de Milton Friedman. Es miembro asociado de la Institución Hoover. Es un columnista sindicado que publica regularmente en la revista Forbes. Profesor durante mucho años, Sowell es un autor prolífico y, sin duda, un extraordinario pensador y uno de los más brillantes intelectuales norteamericanos de nuestro tiempo. De su extensa bibliografía, recomendamos particularmente:

Conflict of Visions (de la que hemos ofrecido un síntesis)

The Vision of the Annointed (de cómo se manifiestan las distintas
visiones en la práctica)

Race and Culture (indispensable para comprender el papel cultural de las razas)

Para más información recomendamos tomar contacto con su web site en:

http://www.tsowell.com

Para más detalles sobre sus libros:

http://www.lfb.org/sowell.html

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